Hay muchos lugares en la Tierra donde no existirían bosques, especialmente en lugares aislados, si no fuera porque las aves los ‘plantaron’ allí a través de las semillas que transportaban. Es sabido que estos animales, cuando son de dieta frugívora, son grandes dispersores de especies vegetales, al ingerir frutos y luego excretar con heces sus semillas. Ahora se ha sabido cómo de importante es esta función en una especie concreta: el zorzal común, un ave frecuente en nuestros campos y que presta, de este modo, un gran servicio ecosistémico.
El Turdus philomelos es capaz de transportar semillas a una distancia superior a los 500 kilómetros de distancia durante sus largos recorridos migratorios, según un estudio que acaba de publicarse por científicos de la Universidad de Cádiz, la Universidad de Córdoba y otros centros de investigación españoles y europeos.
Y es que las aves migratorias que se alimentan de pequeños frutos en un determinado lugar ‘guardan’ en su estómago las semillas que han ingerido y no las liberan hasta que defecan, unas veces a unos pocos metros de distancia, pero a veces a cientos de kilómetros más allá. Este proceso biológico ayuda a explicar la distribución de algunas especies de plantas, cuya presencia en algunos lugares no puede explicarse por otros motivos, dado su aislamiento geográfico.
El mirlo común, otra ave dispersora de semillas / Agencias
Los científicos que han elaborado el estudio utilizaron datos de los vuelos migratorios del zorzal común, así como información sobre el consumo de frutos y retención de semillas en el tracto digestivo de estos animales. Así pudieron desarrollar modelos matemáticos que permitieron simular por ordenador el proceso de dispersión de dichas semillas.
Los resultados son sorprendentes: la distancia a la que pueden dispersar las semillas alcanza cifras increíbles, ya que se comprobaron centenares de miles de casos de dispersión a más de cien kilómetros cada año, llegando a los 500.
Seguimiento con GPS
Para comprobarlo, los científicos instalaron dispositivos GPS a estas aves en diferentes partes de Europa para rastrearlos vía satélite durante sus vuelos migratorios. En la campiña de Cádiz, por ejemplo, colocaron estos transmisores para seguir su migración primaveral en dirección al norte, mientras que en la isla alemana de Heligoland, en la península de Falsterbo (Suecia) y el cabo Ventés (Lituania), hicieron lo propio para monitorizar la migración de otoño hacia el sur.
«La dispersión de semillas por aves en migración contrasta con las distancias mucho más cortas que alcanzan cuando son dispersadas por movimientos no migratorios de estas mismas aves, es decir, durante su estancia en las zonas de invernada, de cría, o en las pausas que realizan durante la ruta migratoria», explica Claudio A. Bracho-Estévanez, investigador de la Universidad de Córdoba y que lideró el estudio.
El zorzal común dispersa semillas a grandes distancias / Pinterest
Los zorzales no son, por supuesto, las únicas aves que realizan esta labor, puesto que los mirlos, las currucas, las urracas, petirrojos, papamoscas o las propias palomas llevan a cabo la misma función de dispersión. Y también otros animales lo hacen, como es el caso de los zorros, las garduñas o los primates, aunque las distancias a las que pueden transportar los granos son bastante más reducidas, normalmente por debajo de los 10 kilómetros de distancia.
Es en el caso de aves migratorias, como las anátidas, que cubren muy largas distancias de vuelo, cuando pueden verse dispersiones tan asombrosas como la del zorzal común.
«Poderosísimo motor de dispersión»
«Este trabajo pone de manifiesto hasta qué punto la migración de las aves es un poderosísimo motor para la dispersión de las plantas a grandes distancias, conectando ecosistemas separados por centenares de kilómetros”, señala, por su parte, Pablo González Moreno, coautor del estudio.
Ave frugívora consumiendo frutos / Agencias
No todas las especies de plantas se ven favorecidas con este transporte gratuito lejos de su hábitat. Depende del tamaño de las semillas. Los granos más pequeños, dado que permanecen más tiempo en el aparato digestivo del ave, tienen más posibilidades de ser transportadas a mayores distancias. En el caso del tejo, según los investigadores, tan solo un 0,1% de las semillas lograrán ser dispersadas a más de 50 kilómetros por zorzales en viaje migratorio. Pero otras plantas, como el madroño, que tienen semillas mucho más pequeñas, la misma cantidad alcanzaría distancias de 138 kilómetros.
La investigación, según sus propios autores, demuestra la importancia que juegan las aves frugívoras migratorias en la dispersión de semillas a lo largo de grandes distancias. Pese a ello, estos animales resultan ser unos grandes desconocidos para la sociedad e, incluso, son ignoradas en las políticas medioambientales destinadas a gestionar, restaurar o conservar los ecosistemas, afirma Juan P. González-Varo, de la Universidad de Cádiz.
