Con 104 años, Rudi Haymann, un judío alemán que encontró refugio en Chile, relata su experiencia durante el nazismo, su escape a Palestina y su participación en la Segunda Guerra Mundial, destacando el valor de la memoria histórica.
A los 104 años, Rudi Haymann mira la pantalla de su computadora con ojos vivaces. En su casa, adornos y fotos integran un museo viviente del siglo XX. Habla con precisión, sin grandilocuencias, como testigo y protagonista de una época. Nació en Berlín en 1921, en una familia judío-alemana integrada a la cultura del país.
Su infancia cambió con la llegada de Hitler al poder. Recuerda con nitidez la Noche de los Cristales Rotos y la advertencia que salvó a su padre. Meses después, debía presentarse tres veces al día en una comisaría. «Era una lista de espera hacia el campo de concentración», afirma. A los 16 años, su familia decidió separarse para sobrevivir. Subió solo a un tren, despidiéndose de sus padres, hermana y abuela en el andén.
Cruzó los Alpes a pie, llegó a Italia y luego a la Palestina británica, donde trabajó la tierra y fundó un kibutz. Durante la Segunda Guerra Mundial se alistó como voluntario en el ejército británico, combatiendo en El Alamein. Más tarde, trabajó en inteligencia, interrogando prisioneros alemanes.
Al finalizar la guerra, regresó a una Alemania en ruinas para buscar a los suyos. Encontró a un solo tío sobreviviente y supo del trágico destino de su abuela. Chile apareció como refugio para sus padres y luego como destino final para él. Llegó en 1948, reencontrándose con su familia tras diez años de separación.
En Santiago se convirtió en pionero de la decoración de interiores, formó una familia y estuvo casado 66 años. Hoy, a sus 104 años, mira el siglo XX con distancia histórica. Cree en la importancia de mantener viva la memoria del Holocausto, especialmente para las nuevas generaciones, e insiste en un mensaje simple: cuidar la paz, considerando a Chile una «joya frágil» en un mundo acostumbrado a la guerra.
