La naturaleza en la poesía de Ibn Hazm

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El Collar de la Paloma de Ibn Hazam no es sólo un tratado de amor, sino también una nostálgica evocación de la Córdoba perdida, porque cuando el poeta y humanista andalusí escribe en Játiva esta obra, la capital del califato, a la que volvió en contadas ocasiones, había sido saqueada y medio destruida por los beréberes: «Se ha presentado ante mí la ruina de aquella alcazaba, cuya belleza y ornato conocí en tiempos, pues en ella me crie en medio de sólidas instituciones, y la soledad de aquellos patios que eran antes angostos para contener tanta gente como por ellos discurría. Me ha parecido oír en ellos el canto del búho y de la lechuza, cuando antes no se oía más que el movimiento de aquellas muchedumbres entre las cuáles me crie dentro de sus muros». Comprobamos como Ibn Hazm se vale de elementos naturales para ilustrar el abandono de su antiguo hogar, donde ya sólo se escuchan los sonidos que emiten las rapaces nocturnas que se han adueñado del lugar.

Merece la pena prestar atención a como Ibn Hazm enaltece la unión amorosa comparándola con aquello que para él es causa del mayor goce: «Ni el esponjarse las plantas después del riego de la lluvia; ni el brillo de las flores luego del paso de las nubes de agua en los días de primavera; ni el murmullo de los arroyos que serpentean entre los arriates de flores; ni la belleza de los blancos alcázares orillados por los jardines verdes, causan placer mayor que el que siente el amante en la unión amorosa, cuando te agradan sus cualidades, y te gustan sus prendas, y tus partes han sido correspondidas con hermosura».

A lo largo de su obra aparecen poéticas descripciones de las fincas de recreo que frecuentaba, donde se solaza en el ambiente delicioso creado por plantas, pájaros y arroyos. En el capítulo XXV, por ejemplo, nos relata un día de paseo, en compañía de un grupo de amigos, por el jardín propiedad de uno de ellos: «Nos repartimos por vergeles espaciosos, frente a un vasto paisaje que ofrecía dilatado campo a los ojos y donde hallaba el alma esparcimiento. Estábamos entre arroyuelos que cruzaban como espadas de plata; entre pájaros que gorjeaban melodías capaces de desacreditar las invenciones de Ma bad y al-Garid (Dos célebres cantores y compositores árabes), entre frutos que pendían en los árboles, ofreciéndose a las manos y abajándose a quien quisiera cogerlos; entre sombras cobijadoras, a cuyo través veíamos los rayos de sol, como si tuviésemos delante un tablero de ajedrez o un vestido de brocado; entre aguas dulces que te hacían gustar el verdadero sabor de la vida; entre acequias que al correr se deslizaban como vientres de serpiente, con un murmullo que tan presto se alzaba como se perdía; entre admirables flores, de colores variados, agitadas por los soplos fragantes de la brisa, en medio de una tibia temperatura. Los caracteres de los que formaban la partida superaban todavía a todo esto. Era un día de primavera, con un sol no demasiado fuerte, empañado unas veces por sutiles celajes o por menuda lluvia…»

Son numerosos los elementos naturales que se infiltran en la obra de Ibn Hazm: palomas, adelfas, uvas, panales, abejas, lobos, lirios, nenúfares, erizos, víboras… pero quizás sea el narciso el ser vivo que más cita, apareciendo al menos en cuatro de sus poesías: «¿Censurará alguien el color del narciso fragante, o el color de las estrellas que brillan a los lejos?»; «Cuando se cimbrea al andar, parece un ramo de narcisos que se balancea en el jardín»; «El narciso sin par semeja un enamorado que lánguidamente mira y se ladea como un borracho»; «En medio de su tez blanca son los lunares como nenúfares en un jardín de narcisos».

El género Narcissus cuenta con varias especies presentes en la sierra de Córdoba, y un poeta tan aficionado a los paseos campestres, sin duda debió de fijar su atención en una planta de belleza indiscutible. Por otro lado, no puede extrañar la prevalencia esta planta en un tratado sobre el amor y los amantes, porque las connotaciones son evidentes. Derivado de la leyenda donde el joven Narciso se enamora de su propio reflejo en el agua, la flor simboliza la obsesión por uno mismo y la incapacidad de amar a otros, lo que lleva a la soledad o a un amor trágico; pero también la inclinación lánguida de la flor ha hecho que a veces se asocie con el amor triste, contrariado o la ausencia de la pareja.

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