Cómo ser Joaquín Levinton: decálogo de un rockstar nacional

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Joaquín Levinton siempre le dio la cara a su propio mito. Nunca se escondió detrás de la corrección, no desconoció su descontrol y ni siquiera su hedonismo: la satisfacción y el placer fueron las brújulas de una vida de excesos cuyos costos -a esto también lo reconoce- hoy paga con un desgaste que recientemente le valió un infarto. En una entrevista para Rolling Stone en 2022, el líder de Turf aceptó que esos desenfrenos ya no ocupan un lugar relevante, pero muchos fueron los años de locura, consumos y extenuación. Un sinfín de noches y noches de shows ininterrumpidos, de alcohol desmedido y de estallidos de una violencia muchas veces pueril, la misma que, en 1999, le valió la expulsión de Telemanías luego de que revoleara un micrófono hasta estrellarlo. “Que se manden a mudar de este escenario”, exclamó el conductor Cristian Bazán en aquel clásico de la programación sabatina de Córdoba. Los versos de “Pasos al costado”, ese himno del rock nacional que abre el nuevo siglo, terminaron teniendo el peso de una consigna biográfica: a lo largo de su carrera, Joaquín Levinton pocas veces supo reconocer el punto en que había que frenar.

Esa máxima, sin embargo, es el atributo definitorio de un rockstar, categoría que orgullosamente presume quien, luego de treinta años de carrera, lanza su primer disco solista: Yo soy Joaquín. Levinton nos enseña allí que rockstar no solo es composición y virtuosismo. Aunque mucho pese a los custodios del canon, hace mucho que el rock desbordó el género musical para integrarse en eso que llamamos cultura pop. Durante muchas décadas, sus bandas prometieron que la originalidad, la autenticidad y la experimentación iban a ser los valores fundamentales con los cuales esa música heredera del blues y símbolo de una juventud apabullante iba a elevarse como arte consagrado, tomando así distancia de los productos comerciales y de todo eso superficial que mucho incomodaba. Incluso a Lennon quien, devenido en emblema underground y distanciado de aquella banda que cosechó millones revoleando cabelleras, le reclama a la música de los 70 pronunciarse sobre la violencia y no “sobre cómo vestirse o si te acostaste con alguien”.

Pero el brazo finalmente se torció. Saqueado por la industria cultural, reciclado en un sinfín de estereotipos y masificado por la MTV, el rock cumplió, como supo decir Beatriz Sarlo, uno de sus destinos posibles: dejó de ser un programa político para consolidarse como un estilo. Se convirtió en otras de las poses espectaculares que la cultura pop puede adoptar cuando necesita torcer la forma de su mensaje o simplemente expandirse hacia otros confines del mercado. Por eso, Britney, Lali o Harry Styles pueden ser rockers ocasionales cuando se invisten con los signos adecuados: cuero, guitarras, tachas y toda esa imagen que apela a la rebeldía, nombre poético que recibe la histórica resistencia del rock frente al sistema. Basta asumir la emulación del exceso y su gesto de revuelta. Performatizarlos, digamos.

Joaquín, sin embargo, los encarna. Tan incontables como desopilantes son las anécdotas con las que ratifica un estatus de rockstar que no se agota en ese notorio parecido con Mick Jagger. Abundancia de mujeres y de problemas (“el kilombo es parte del rock”, afirma), compras absurdas (como el capricho de una casa rodante que luego pierde vaya a saber dónde), hurones de mascotas, varias salidas airosas de la policía, un manejo bastante despreocupado de la plata (desconoce qué impuestos pagar y cómo hacerlo) y una casa prácticamente decorativa: sus cenas, con admirable constancia, transcurrieron durante mucho en Cocodrilo con estrellas y chicas de una noche. Y con su perra Raquel, esa leal compañera que tanto amaba porque a lo largo de sus 14 años hizo lo que quiso o, recuerda emocionado el cantante, vivió y murió en su propia ley.

Entre sus libros de cabecera figura Life (2010), las memorias de Keith Richards, aunque no se sabe si las consulta como recetario o como lista donde comprobar si ha seguido los pasos correctos. Levinton también afirma que no le teme a la muerte, ni siquiera al infarto que sufrió en diciembre. Y no es que la muerte le resulte indiferente: simplemente vive sin miedo, con esa necesidad febril de consumirse rápido antes de que el tiempo encorsetado de la sociedad lo domestique. La velocidad, después de todo, es otro signo del rock y sus estrellas vienen a ejercer una suerte de aceleracionismo pop: vive rápido, muere joven y deja un cadáver bonito, como reza el aforismo que erróneamente se le atribuye a James Dean. Y menos cuando se trata de romances, de esas relaciones que requieren una persistencia que la voz de Turf no se puede conceder, a pesar de que muchas veces le cante al amor.

Joaquín dice que volver sobre todo ese pasado intenso le da mucha fiaca. Pero, ahora, a los 51 años, decide pasar revista a una vida frenética que mucho se cuela en este disco solista que, según sus propias palabras, supone su “declaración de principios”. 14 años demoró en lanzar este repertorio concebido durante su distanciamiento con Turf, porque quería una voz propia, algo que no cediera tanto a las concesiones democráticas propias de un colectivo.  9 canciones y menos de media hora: el álbum se extiende lo suficiente como para esbozar un autorretrato, introducido en la canción de apertura: “Yo soy Joaquín, perdido entre las confusiones / tratando de escapar de las tentaciones / sofocado de tantas manipulaciones / Estoy hablando de invertir situaciones”. Hay una rara dignidad en quien no se molesta en esconder sus propias porquerías, un poco el ejercicio que emprende con “Adiviname” o “Respuesta Perfecta”. “No soy lo que dicen de mí / tampoco lo que imaginás / Pero te tengo que advertir que a veces soy de lo peor que hay”, previene ese yo lírico que, consciente de su reputación, no promete ser alguien moralmente ejemplar.

A esa línea argumental -su lucha contra los excesos e imprudencias-, le aporta una oda romántica, proclamación de amor que exploran canciones como “Estúpido” o “Para saber”. Abandona el lujo rockstar y, en “Te amo”, sugiere que solo sintonizar con otro es suficiente para levantarse del bajón. Habla del amor, sí, pero que no siempre de uno romántico (como en “Si te caes te levanto”) y ni siquiera algo para venerar porque, a veces, puede ser destructivo: esos quienes, de tanto amarnos, acaban por asfixiarnos, como refiere en “Te quiero (pero lejos)”. He aquí, por cierto, una constante en su obra y en su biografía: la asfixia de una sociedad empeñada en domesticarlo, en “aburguesarlo” como suele decir. Sin embargo, en sus juegos líricos y en sus tonalidades, Yo soy Joaquín se acerca más al pop de Miranda! y Tan Biónica, incluso en los ritmos eléctricos que despliega y en la forma que toman esas baladas que no prometen una mejor versión de sí, aunque puede intentarlo. Pero Joaquín Levinton, más que un rockero utópico y romántico, es uno optimista. “Si no hay amor, que no haya nada entonces”, dirá.

Con razón, dice que ninguna de estas canciones podía ser de Turf. Con una carrera que nace con la frescura de los 17, es lógico pensar que ahora sienta la necesidad de experimentar. Muchas veces lo hizo, de hecho. En 2020, y en un desvío que otros como Robbie Williams tomaron en cierto punto de madurez artística, exploró el swing: acompañado por Kevin Johansen, condujo el proyecto Swingvergüenzas, una banda de cover de canciones de los 60. Algunos años atrás, fundó los Sponsors, un experimento conceptual que contó con las voces de Intoxicados, Los Auténticos Decadentes y Leo García. A Turf, empero, debe su notoriedad: a ese proyecto que nació hace tres décadas cuando sus integrantes se conocieron en la hinchada del Monumental y, en 1995, deciden improvisar una banda musical. Era la alternativa perfecta para no trabajar porque ser futbolista, otra de las pasiones de Levinton, reclamaba cierta disciplina (levantarse muy temprano, más que nada). Todo en Turf tiene una cuota de desparpajo, incluso su nombre: una conmemoración a ese primer mánager que pagaba los gastos de la banda jugando carreras de caballos.

En menos de tres años, descollaron. Sus videos copaban los canales de música y compartían escenario con Charly, mientras los Rolling Stone, esos founding fathers a quienes tanto admiraban, los convocaban como teloneros. Pero el rock local no distinguió por su amabilidad. A los Turf, los tachaban por comerciales (varios de sus discos fueron producidos por un artífice del pop latino como Coti), por recibir auspicios de grandes marcas como Levi’s, y por ese líder que siempre caminaba por fuera de las líneas, incluso de la norma heterosexual. Y no solo por ese estilo que desafiaba las masculinidades pesadas del rock, una afrenta que el mismo Jagger sostuvo con su imagen. Turf fue sutil en sus desvíos, como cuando le otorgó el protagónico de su éxito arrasador “Pasos al Costado” a La Cacho: histórica transformista del under porteño y las noches de Morocco. Frente a las disidencias, ¿acaso muchas bandas de rock nacional estuvieron dispuestas a hablarnos de igual a igual?

Turf fue la generación que relevó a los rockeros que, como Charly o Spinetta, rondaban los 50 en los años 90. Y son los mismos que hoy le pasan la posta a las promesas en ascenso, a esas voces frescas que, como Lali, Milo J o Luck Ra, convocaron en 2024 para reversionar sus éxitos en Polvo de Estrellas. El relevo solo es posible cuando uno se presume consagrado en el plano estético, pero también en el personal. Joaquín Levinton sabe que el público lo ama, una lucidez que también es propia de los rockstars. En más de una oportunidad, explicó que, entre él y quienes lo escuchan, hay una “barrera”: esa cuarta pared que, en cada show, como rockero se obliga a trascender para conectar con su público. Porque Levinton es un showman. Entrar a caballo, en una moto o en una ambulancia, o cantar “Loco un poco” con los pacientes del Borda: de alguna manera, tiene que detonar algo, nos confirma, para conectar en otro nivel con su audiencia. 

“Mi simpatía es mi arma”, dice Joaquín Levinton en otra ronda de promociones sobre su nueva obra. Cuando es consciente de su sex-appeal y su encanto, su personaje se acerca más a la picaresca nacional que a las solemnidades del under o del punk: más cerca de Guillote Coppola que de la oscuridad gótica de ese Kurt Cobain que tanto admira. Representa entonces otro modelo de rockero, uno mucho más colorido que el ascetismo solemne que impone la tradición anglosajona: un desvío festivo donde conviven picardía y exceso, todo aquello que le da la impronta de un rock criollo que solo en estas tierras podría concebirse. Un rockstar hecho a la medida argenta, uno que no se arrepiente de nada y que no necesita pedir perdón.

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