Los misiles estaban cargados, los portaviones en posición. Solo faltaba saber cuándo y cómo comenzaría el ataque sobre Irán, telegrafiado desde que Estados Unidos trasladara al golfo Pérsico el mayor contingente de fuerzas militares desde la invasión de Irak en 2003 y arreciaran los viajes de altos cargos de la seguridad israelí a Washington. Las respuestas llegaron de la inteligencia estadounidense, según publican varios medios norteamericanos, que llevaba meses rastreando junto a sus colegas israelíes los movimientos del líder supremo de Irán y sus lugartenientes en el aparato de seguridad. En esas horas previas al ataque, la CIA trasladó a Israel con un «alto nivel de fiabilidad» que Alí Jameneí se reuniría el sábado por la mañana con sus subordinados en la sede de sus oficinas en el centro de Teherán, un gesto de extrema ingenuidad que acabó pagando muy caro.
Los misiles de largo alcance que acabaron con el ayatolá partieron de Israel a las 6 de la mañana del sábado en varios cazas de guerra. Dos horas y cinco minutos después del despegue, golpearon la Casa del Liderazgo, el edificio que albergaba las oficinas del líder supremo, del presidente de Irán y de su Consejo de Seguridad Nacional. En Teherán eran las 9.40 de la mañana. La nueva agresión militar de Israel y EEUU sobre la República Islámica —una operación lanzada sin el respaldo del Consejo de Seguridad de la ONU ni justificación posible como acto en legítima defensa— estaba en marcha. Nueve meses después de la última y con el objetivo confeso esta vez de provocar un cambio de régimen. «El ataque de esta mañana se llevó a cabo simultáneamente en varios lugares de Teherán, incluido uno en el que se habían reunido varios altos cargos del aparato político y de seguridad», escribió poco después un funcionario del Ministerio de Defensa israelí, según ‘The New York Times’.
Poco importa a estas alturas que el espionaje estadounidense hubiera concluido que Irán no representa una «amenaza inmediata» para Washington, como afirmó Donald Trump al justificar la ofensiva, o que las negociaciones entre ambos países para garantizar que Teherán no desarrollara armas nucleares hubieran avanzado «substancialmente» días antes, según los mediadores omaníes. El viejo sueño de Binyamín Netanyahu de destruir al único Estado que ha resistido activamente los planes hegemónicos de su país en la región ha empezado a tomar forma. Trump es solo su facilitador.
Altos cargos muertos en el ataque
En el ataque contra las oficinas de trabajo de Jameneí se emplearon una treintena de misiles, según ‘The Wall Street Journal’. Todo el complejo quedó arrasado y, con él, la negligente temeridad del liderazgo iraní. ¿Cómo pudieron tantos de sus dirigentes reunirse en un mismo lugar sabiendo que sus enemigos esperaban la mínima oportunidad para apretar el gatillo? ¿Fue por exceso de confianza, por pura estupidez? El bombardeo no solo sepultó al hombre que ha dirigido Irán con celo ideológico y mano de hierro desde la muerte del ayatolá Jomeini hace casi 40 años, sino a también a otros de los capitostes del régimen.
La agencia oficial de noticias IRNA confirmó la muerte del general al frente de la Guardia Revolucionaria, Mohammad Pakpur, y del ministro de Defensa, Amir Nasirzadeh. Otras fuentes incluyen también a Alí Shamkhaní, secretario del Consejo de Defensa y encargado de supervisar las negociaciones con EEUU sobre el contencioso nuclear, así como al jefe del Estado Mayor del Ejército, Abdolrahim Mousaví. Israel mantiene que el ataque mató en menos de un minuto hasta 40 altos cargos del aparato de seguridad. «Hemos matado al dictador Jameneí y a decenas de altos cargos de su régimen represivo», ha dicho Netanyahu este domingo.
Esa lluvia de fuego inicial ha vuelto a poner de manifiesto la penetración del espionaje israelí y estadounidense en los pasillos del poder iraní, como ya se vio en los 12 días que duró la guerra del pasado mes de junio. En su pericia y brutalidad el Mossad no tiene rival. Desde finales de 2023, cuando comenzó la guerra en Gaza, el desencadenante inicial de los dramáticos acontecimientos que han remodelado la región desde entonces, Israel ha descabezado a los liderazgos de Irán, Hizbulá y Hamás. No una vez, sino varias.
Sorpresa táctica
«Todo el mundo esperaba que el ataque llegara a medianoche, cuando la oscuridad aporta cobertura a las operaciones», le dijo al ‘Journal’ Amos Yadlin, el exjefe de la inteligencia militar israelí. Los bombardeos israelíes se centraron principalmente en figuras del régimen y su arsenal de misiles, mientras los estadounidenses priorizaron objetivos militares, desde infraestructura estratégica a naval, según la misma fuente. Solo Israel habría golpeado el sábado 500 objetivos, en la mayor campaña aérea de su historia, según sus militares. Paralelamente, Israel lanzó varios ciberataques contra aplicaciones móviles, medios de comunicacion y hasta la app que ayuda a los iraníes a cumplir con las cinco plegarias diarias del islam.
Como resultado de las ciberoperaciones, muchos iraníes se encontraron con mensaje instándoles a rebelarse contra el régimen, llamando a la deserción de los miembros del aparato de seguridad o avisando a la población de que «la ayuda ha llegado». Falta saber ahora cómo evolucionarán los acontecimientos. Si algo ha demostrado la historia, es que las operaciones de cambio de régimen suelen acabar mal y que es particularmente difícil conseguirlo únicamente mediante bombardeos aéreos, sin el despliegue de fuerzas militares sobre el terreno.
Ni a Israel ni a EEUU les ha importado. Saben que el régimen iraní atraviesa por uno de los momentos de mayor debilidad de su historia y se han lanzado a su yugular, sin importarles demasiado las consecuencias que la guerra a gran escala desencadenada por su ataque puede tener para la región y el resto del mundo.
Suscríbete para seguir leyendo
