El virus es un inquilino muy peculiar del universo biológico. Está hecho de material genético, con todo lo que ello significa, pero le falta lo esencial para ser considerado vivo por los estándares clásicos: no se puede replicar por sí mismo. Necesita, para hacerlo, introducirse en un organismo ajeno. Viene a ser como un manual de instrucciones sin fábrica: si no encuentra una célula huésped que lo interprete y ejecute, permanece quieto, inerte, como un pendrive sin ordenador al que enchufarse o un software sin Hardware.
Los seres vivos se definen, entre otras cosas, por su autonomía energética y metabólica. Una bacteria metaboliza, una planta fotosintetiza, un hongo digiere; los animales respiramos y transformamos nutrientes. Un virus, en cambio, es pura dependencia: más que un organismo, es una orden de hackeo molecular empaquetada. Fuera del interior de una célula vive en un limbo químico. Ahora bien, una vez en ella, adquiere una eficacia alucinante: se apropia de las herramientas del huésped, hace copias de sí mismo y deja la célula exhausta o muerta. Esta habilidad, sin embargo, no le alcanza para ganarse el carné de ser vivo.
Los virus evocan a ciertos parásitos que viven descaradamente de otros. O quizá a ciertos políticos o burócratas que prosperan ocupando estructuras ajenas, sin aportar metabolismo propio. También recuerdan a algunos oportunistas del mundo animal que viven del esfuerzo ajeno: el cuco, que pone sus huevos en el nido de otras aves, o la hiedra incapaz de producir un sostén propio, pero trepa por el de otras especies. Si se prefiere una comparación doméstica, los virus se parecerían a esos invitados que llegan a tu casa sin traer nada, acaban en cuestión de minutos con todo lo que encuentran y se despiden, para mayor recochineo, asegurando que sin ti no podrían vivir. Técnicamente cierto, desde luego.
Así que el virus es un casi-ser, un ingenioso ladrón molecular que no cumple los requisitos para ser considerado vivo por sí solo, pero que sabe cómo convencer a otros de que trabajen para él. Un vivo sin vida propia, aunque productor de mortandades históricas.
