Cincuenta años después no pensé que Franco seguiría tan vivo entre las reflexiones, soy generosa al usar este término, de los políticos de un lado y otro. Yo pensaba que cincuenta años después habríamos cerrado heridas y con nostalgia hacia mis ocho años recordaría eso de «Franco, Franco, que tiene el culo blanco porque su mujer lo lava con Ariel…», que tanto nos gustaba cantar a los niños nacidos en la década de los 70 y que tanto enfurecía a mi tío que, cuando nos oía cantarlo, decía: «Un respeto para los que se van a morir» y luego se santiguaba.
Era el verano de 1975 y Franco moriría el 20 de noviembre de ese año tras una larga dictadura de 40 inviernos, con fusilados, con gente represaliada y encarcelada por sus ideas políticas y su identidad sexual, con mujeres encerradas en casa y sin apenas derechos excepto el deber de ser madre y esposa, con censura, todo controlado por el régimen que era casposo, derrochaba modales de desprecio hacia gran parte de la sociedad española y nos buscaba en las escuelas un lugar donde solo había espacio para el dictador y dios, tras cantar el Cara al sol como símbolo de una España que no existía más allá de los destellos que anunciaba el NODO.
Aquella España era gris, no había lecturas, las opiniones mejor callarlas y a pesar de todo conseguimos salir adelante, dejar atrás el dolor y la miseria y recuperarnos en una especie de armonía que ahora se rompe en pedazos con mensajes que son del todo intolerables.
Ser político no es una misión de riesgo, sino más bien de sentido común, de empatía, de buena gestión, de mirada limpia hacia el futuro, de prosperidad e igualdad. En eso consiste o debiera consistir ser político. Sin embargo, en estos días donde todo anda muy revuelto y unos anuncian adelantos electorales y otros no saben muy bien qué paso dar o si comenzar el día con el pie izquierdo para pillar al otro con el pie cambiado, en estos días, digo, lo que predomina son mensajes que no tienen ninguna utilidad, salvo la de generar un vacío con palabras llenas de dudas que generan hostilidades y hacen pensar a muchos jóvenes que con Franco se vivía mejor.
Hay cosas que los políticos no debieran pensar y si las piensan no decirlas, porque como dice el Gran Wyoming, «el día que muere Franco pensamos que todos los franquistas habían muerto». ¡Qué ingenuos fuimos y somos!
*Periodista y escritora
