Por Javier Kittlein
(Escritor)
Hace un tiempo conocí a una persona que me marcó para siempre. También paciente, también luchador. Entre tantas charlas me regaló una pregunta que, aunque simple, tiene un peso enorme:
¿Cuánto cuesta tu vida?
No me preguntó por el dinero, ni por logros materiales. Me preguntó algo mucho más profundo:
?? ¿Cuánto vale para vos estar acá?
?? ¿Qué precio le ponés a un amanecer, a un abrazo, a un momento con quienes amás?
?? ¿Cuánto darías por tener un día más para reír, para soñar, para equivocarte y volver a intentar?
Esa pregunta me quedó grabada. Porque la mayoría de las veces vamos corriendo, postergando, viviendo en piloto automático, esperando un “mañana” que no sabemos si va a llegar. Y recién cuando la vida nos sacude con un golpe fuerte —una enfermedad, una pérdida, un dolor inesperado— recién ahí nos damos cuenta de lo que dejamos pasar.
Entonces te invito a detenerte un segundo y responderte con honestidad:
? ¿Vale mucho tu vida?
? ¿Vale poco?
? ¿Vale lo suficiente como para pelearla y vivirla con todo lo que tenés?
Si la respuesta es sí, vale mucho, entonces la pregunta siguiente es inevitable:
?? ¿Qué estás esperando para dejar las excusas y empezar a vivirla de verdad?
Dejá de decirte que “no podés”, que “no tenés tiempo”, que “ya es tarde”, que “no vale la pena”.
Porque lo único que nunca vas a poder recuperar es el tiempo que ya pasó.
La vida no se negocia en plazos ni en cuotas. Se juega ahora, en este instante.
Cada día que elegís quedarte quieto es un día menos de esos que tanto decís que valen.
Cada día que elegís la queja, el miedo o la excusa es un día más que regalás sin darte cuenta.
La vida es tuya, y sólo vos decidís cómo la vivís: si con miedo o con coraje, si desde la carencia o desde la abundancia, si esperando que pase o eligiendo que suceda.
Yo elijo pelearla. Yo elijo vivirla.
Y vos…
¿ya decidiste cuánto cuesta la tuya?