10 años de política migratoria en Alemania: del millón de refugiados bajo Merkel al cerrojo de Merz

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«Lo lograremos», fue la frase que pronunció Angela Merkel ante una abarrotada conferencia de prensa el 31 de agosto de 2015. Diez años después, la frase la persigue, sea en forma de críticas desde sus filas conservadoras o de la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD). Se refería entonces a la capacidad de Alemania para acoger a los miles de refugiados, principalmente sirios, atrapados en Hungría. Unos pocos días después de su frase, la noche del 4 al 5 de septiembre, Merkel dio luz verde a la entrada en el país de esas personas. Alemania acabó cerrando 2015 con la cifra récord de más de un millón de nuevos peticionarios de asilo.

A la pregunta de si fue apropiada su decisión sigue respondiendo Merkel con un sí; para el actual canciller y líder del bloque conservador, Friedrich Merz, está claro que el Gobierno de entonces sobrevaloró las capacidades logísticas, políticas y sociales alemanas.

«Claro que esa decisión mía atrajo a mucha gente hacia la AfD. Y que con ello se fortaleció. Pero ¿es esto razón para no hacer lo correcto, necesario y acorde con la dignidad humana?», respondía Merkel, en una entrevista con la televisión pública ARD, ante el décimo aniversario de su decisión de mantener abiertas las fronteras a los solicitantes de asilo mientras otros las cerraban. La AfD se había fundado dos años antes como partido euroescéptico. Era una formación extraparlamentaria, por no haber alcanzado el listón mínimo del 5% de los votos necesarios para obtener escaños. Con la crisis de 2015 mutó hacia lo xenófobo y entró en 2017 al Parlamento con un 12,6%. Ahora es la segunda fuerza del país, por detrás de los conservadores de Merz.

El contexto de una decisión histórica

El «lo lograremos» se ha convertido en una frase comodín, sea para criticar o para alabar a Merkel. Se plasmó en realidad la madrugada del 4 al 5 de septiembre, cuando un urgente de la agencia de noticias alemana dpa informaba del acuerdo alcanzado entre Berlín y Viena para dejar entrar a los refugiados que esperaban desesperadamente en Hungría.

Fue un giro inesperado en Merkel, quien pocos meses antes había desatado el llanto ante las cámaras de televisión de una muchacha de 15 años, libanesa e hija de solicitantes de asilo, que le preguntaba en un foro ciudadano si se concedería asilo a su familia. Merkel respondió con un no, sincero para unos, cruel para otros, que desataron las lágrimas de una muchacha exitosamente integrada. Los torpes esfuerzos de la cancillera por calmarla fueron inútiles.

Todo eso ocurría en un contexto marcado por los naufragios en el Mediterráneo. En uno de ellos, ese mes de abril, murieron 700 refugiados frente a las costas de Lampedusa. Los líderes de la UE estaban aún concentrados en otro rescate, el financiero, con Grecia bajo los estragos de la austeridad impuesta por Merkel. Se estimaba que hasta 800.000 refugiados trataban de entrar en territorio comunitario a través de la ruta de los Balcanes.

Entre la frase de Merkel y el acuerdo con Viena para dejar entrar a los refugiados, otra imagen sacudió conciencias: la del cuerpo de Aylan Kurdi, el niño sirio de tres años, muerto sobre la arena de una playa turca. Alemania, o su entonces cancillera, respondía dos días después una llamada de su homólogo austríaco, el socialdemócrata Werner Faymann, para dar luz verde a los refugiados. Buena parte de su bloque, empezando por los conservadores bávaros, adoptó a partir de ahí comportamientos propios de la oposición contra su cancillera.

De la cultura de la bienvenida a la islamofobia

A Merkel dejó de vérsela como la líder fría para representar a la acogida generosa. Alemania entera pareció contagiarse: a las estaciones de todo el país acudían miles de voluntarios dispuestos a ayudar a quienes llegaban con lo puesto. Surgieron icónicas selfies de sirios posando con la mujer más poderosa del planeta. Pero no tardaron en aparecer problemas logísticos en un país altamente burocratizado y desbordado en lo humano. Los municipios reclamaban fondos para afrontar su acogida, mientras se improvisaban barracones como los del viejo aeropuerto de Tempelhof, en Berlín, o se negociaban infructuosamente ‘soluciones europeas’ para su reubicación.

La ‘Willkommenkultur’ –‘cultura de la bienvenida’– sufrió un zarpazo la noche de Fin de Año de ese 2015. Centenares de mujeres aterrorizadas denunciaron desde robos a agresiones sexuales, incluidas violaciones. La fiesta colectiva ante la catedral de Colonia, junto a la estación, había derivado en tumulto. Se identificó a casi 300 agresores, más de la mitad de los cuales eran magrebíes entre otras procedencias. Empezó a calar el discurso xenófobo.

Un año después, el tunecino Anis Amri lanzaba un camión articulado robado a punta de pistola contra un mercadillo navideño de Berlín. Dejó 13 muertos y un centenar de heridos, además de poner en evidencia el descontrol policial sobre individuos llegados como refugiados y reclutados por el yihadismo. A otros atentados de sujetos con perfiles similares al de Amri se sumaron ataques a cuchilladas o atropellos múltiples.

Homenaje a las víctimas del ataque en un mercadillo de Berlín, en diciembre de 2016. / MARKUS SCHREIBER / AP

El vaso medio lleno o medio vacío de la integración

«Es mucho lo que hemos logrado ya», aseguraba Merkel a la televisión pública alemana. Merz no comparte ese parecer. Su Gobierno aplica la línea dura a los refugiados en espera de expulsión, sea porque se rechazó su solicitud, porque incurrieron en delitos graves o porque se radicalizaron. Practica las devoluciones en caliente y pretende recortar subsidios a los ucranianos. Desde la Unión Cristianodemócrata (CDU), el partido que ahora dirige Merz, se incide en las cargas que sobrelleva Alemania a raíz del ‘efecto llamada’ que atribuyen a Merkel –unos 3,5 millones de solicitantes de asilo, entre el millón de 2015 y los llegados en los años siguientes–, a los que se suman unos 1,5 millones de ucranianos.

Carsten Linnemann, secretario general de la CDU, cuantifica en 6,5 millones el total de refugiados recibidos en estos 10 años. Y asegura que menos de un 50% se ha incorporado al mercado laboral. Sus cifras discrepan con las de la Oficina Federal de Empleo, que sitúa en un 64% el porcentaje de refugiados llegados en 2015 que ahora están laboralmente activos, algo menos que el 70% de media entre el total de ciudadanos del país. El cómputo de los 6,5 millones es acumulativo, sin descontar a los que regresaron a su lugar de origen u otros países. Pero las discrepancias estadísticas no parecen importar al canciller. Merz, rival histórico de la excancillera, se siente en sintonía con el vuelco antiasilo dominante en la UE, independientemente de si la ultraderecha forma parte o no de sus gobiernos.

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