El preveraneo

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Mi padre -jocosamente, claro- solía dividir el verano en tres partes: preveraneo, veraneo y posveraneo. No hay que ser un lince para deducir las actividades que corresponden a cada una de ellas. Mi padre utilizaba la palabra veraneo en el más estricto sentido que marca el diccionario: pasar las vacaciones de verano en un lugar distinto de aquel en el que habitualmente se reside. Allá por los años sesenta, nosotros residíamos en Córdoba y veraneábamos en Málaga. Lo de Fuengirola vino después. El veraneo malagueño era muy familiar: mis padres, mi hermana y yo; mi abuela y abuelo maternos; y las hermanas de mi abuela -mis tías abuelas- con sus respectivos maridos. Nos hospedábamos en el Hotel Cataluña, actualmente desaparecido, que estaba enfrente de la puerta principal de la catedral, haciendo esquina con el Palacio del Obispo, ahora convertido en museo.

Almorzábamos y cenábamos en el hotel, pero invariablemente desayunábamos en la cafetería Aranda, muy cercana al Mercado de las Atarazanas. Café o chocolate con churros. A continuación, todo muy temprano, nos trasladábamos al balneario de los Baños del Carmen, también desaparecido, donde mi hermana y yo manteníamos con mi madre la lucha diaria por bañarnos enseguida, sin respetar las, como mínimo, dos horas que le asignaba a la digestión. Mi hermana y yo nos mojábamos los pies y dejábamos que nos salpicaran las olas hasta que, ya totalmente empapadas, mi madre se cansaba de la briega y, viendo que no podía hacer carrera de nosotras, nos dejaba meternos en el agua. Nos enseñó a nadar un bañero, antiguo pescador, llamado Caparrós. Por las tardes, mi abuela, sus hermanas y sus amigas, hacían tertulia en los bares Sol y Mar y Puerto Rico, enfrente del puerto. Mientras, para entretenernos, mi padre a veces nos subía a un coche de caballos que nos llevaba hasta el Castillo de Gibralfaro; me asombraba lo bien que se veía desde allí la plaza de toros de La Malagueta. Otras tardes, mi madre se metía con nosotras en un cine de sesión doble, del que salíamos derechas para el hotel y con pocas ganas de dar la lata.

Hoy, ahora, estamos en la fase de preveraneo, ultimando los preparativos para trasladarnos a Fuengirola. Las circunstancias y las personas somos completamente distintas. No vamos a un hotel, sino a nuestro apartamento y eso, lejos de facilitar las cosas, las complica, porque se origina un tráfico de objetos y cambalaches variados de los que ustedes tendrán noticia a través de esta columna. Hay lectores que la esperan con fruición, acaso porque se identifican o por todo lo contrario. Ya les iré contando.

*Académica

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